domingo, 15 de marzo de 2009

Más sobre el 50% en el doblaje cinematográfico, si me lo permiten


Pasados unos días del anuncio del conseller sobre la nueva ley del cine, creo que todos deberíamos poner un poco de orden en las ideas que brotan en torno al susodicho anuncio. Sobre todo es importante relajarnos para que las palabras valgan por sí mismas y no las inflemos de más connotaciones de las precisas. He intentado seguir el debate a través de internet y a través de la prensa, y cada opinión es casi un incendio que deberíamos ir apagando a fuerza de reflexión y a fuerza de dosificar eso que solemos guardar cerca de la boca del estómago. Es aconsejable la moderación para evitar el exabrupto, para no provocarnos algo a lo que me atrevo a llamar úlcera social.
He observado que rezumaba con frecuencia, entre los partidarios de la propuesta de la Conselleria, la confusión entre el derecho a poder escuchar (o leer) las películas en catalán y la necesidad de doblar o subtitular al catalán el 50%. Me parece conveniente, aunque parezca una perogrullada, decir que Tresserras no nos va a dar ningún derecho que no se recoja ya en la Constitución. El canto y las alabanzas al proyecto deben realizarse tras un apurado análisis. Veamos. ¿El ciudadano tiene derecho a escuchar en su lengua oficial las películas que se proyecten en las salas cinematográficas? Obviamente. Tanto si es en catalán como si es en castellano. ¿En qué porcentaje? En el porcentaje que sea reclamado por los propios ciudadanos y las necesidades que éstos demuestren. Por lo tanto, ¿de qué nos sirve proclamar un porcentaje determinado si después no vamos a ser capaces de cubrirlo. Es aquí donde la sabiduría empresarial decide si dedica más salas o más proyecciones de películas dobladas o subtituladas en la lengua que se demande. Y todo lo demás son brindis al sol, o si se prefiere, política ficción, y si alguien tiene que llevarse una mano hacia la boca del estómago, pues que se la lleve.
Personalmente, a quien escribe le ha gustado que surgiera la propuesta del consejero, no porque esté a favor (pues mi parecer, que gira en torno a la mayor o menor demanda del público, creo que ha quedado patente en el párrafo anterior), sino porque he oído palabras hermanadas con el pensamiento de Ciutadans. Son palabras que nunca había escuchado en boca de formaciones nacionalistas ni de aquéllos que sacan pecho cuando se apellidan de esquerres, catalanistes i de progrés. Estas que encontramos en el documento de bases de la ley son: 'garantir el dret dels ciutadans a poder veure cinema en les dues llengües oficials… No me digan que no suena bien eso de les dues llengües oficials. ¿Y qué les parece eso de: el consejero defiende el derecho de los catalanes a triar l'idioma en què volen veure cinema? Como les decía, me gusta, aunque sepa que el representante de ERC no acabe de creerselo, y me gusta porque se admite eso de la convivencia lingüística; o sea, se admite algo tan básico y que no daría lugar a controversias en ningún país del mundo, no obstante, aquí sí las da.
Algo más de música ha sonado cuando se refería Tresserras al desequilibrio de la oferta; fíjense: representa un dèficit democràtic. Bueno, si toda la polémica sirve para que los representantes políticos realicen el ejercicio de la introspección, pues algo habremos ganado. Lo que sucede es que uno es perro viejo y, además, ha sido cocinero antes que fraile, con lo cual ya está de vuelta y por ello ha aprendido a leer entre líneas y ha aprendido a interpretar formas y un sinfín de lenguajes no verbales, y a un servidor no se le escapa la experiencia, que para eso la lleva en la mochila junto con el bocadillo y los libros, como los escolares, y sé que esa actitud, la del conceller, la hemos defendido desde muchos años atrás, ya cuando reclamábamos ese equilibrio lingüístico para la enseñanza, cuando nacionalistas y no nacionalistas salíamos de la mano a partirnos la cara con el régimen, y por todo ello, sé que de la misma manera que en la enseñanza acabó en un apártate tú que vengo yo, aquí puede acabar igual. Y no es tremendismo, el tremendismo es otra cosa. Cuando aquellos profesores barbudos y entrañables luchaban por abrirse paso blandiendo vocales neutras y pronoms febles, y todos aquellos que teníamos algo parecido a la responsabilidad nos apartábamos sin sospechas, pues nadie hubiese dicho que a la chita callando acabarían ocupando un lugar que había sido para compartir. En fin señor Tresserras, que si usted siguiera predicando algún que otro déficit democrático más y si fuera capaz de propagar esa música, acuérdese del teatro y sus subvenciones, acuérdese de los medios de comunicación públicos, por supuesto de la enseñanza y qué le diré en cuanto a la comunicación para cualquier tipo de administración, o de las banderas, de las resoluciones judiciales (TSJC, TS), o, sin ir más lejos, de las subvenciones a grupos que se declaran anticonstitucionalistas…

Valentín García Pimentel

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